domingo, 30 de noviembre de 2008

La Navidad... ¿ya no es lo que era?



Cuando era chiquitina me llevaban a la Plaza de Catalunya, en Barcelona, en Navidad para ver las luces de la fachada de El Corte Inglés y entregar la carta a los pajes reales. Tengo unos bonitos recuerdos de esas fechas. Siempre me habían parecido mágicas. Y las luces tan espectaculares.

Recuerdo que entonces las luces y las decoraciones navideñas se ponían más tarde. De hecho, en casa al principio lo poníamos cuando empezábamos las vacaciones escolares navideñas. Con los años lo fuimos adelantando al puente de la Constitución y ahora resulta que "¿Cómo?¿Qué aún no habéis sacado el árbol y la decoración navideña? ¡Que se os echa el tiempo encima! ¡Que la Navidad está a la vuelta de la esquina!".

Cada vez se encienden las luces de Navidad antes. todo acontecimiento se anuncia con más antelación. Pero luego resulta que el acontecimiento en sí, es lo de menos.

La verdad es que de pequeña me hacía muchísima ilusión la Navidad. Me encantaba encontrarme con la familia, jugar con mis primos, la magia de Papá Noel y los Reyes Magos, el cosquilleo que sentía la noche de Reyes. La emoción al levantarnos. Solíamos levantarnos muy temprano (ahora pienso en lo que tienen que tuvieron que aguantar mis padres) y íbamos rápidamente a despertar a mis padres para ir a abrir los regalos. La mayoría de los años no había salido el sol cuando abríamos todos juntos los regalos después de buscarlos por la casa.

Recuerdo con especial cariño una mañana de Reyes en la que no habían apenas regalos en casa. Mi hermana y yo estábamos tristes y decepcionadas. Mi padre no hacía más que insistir en que le trajéramos un vaso de leche. Nosotras no queríamos porque estábamos tristes. Hasta que, no recuerdo cómo, mi padre consiguió que fuésemos a la cocina. Y allí estaban las bicis más bonitas que habíamos visto nunca. ¡Y eran para nosotras! Nuestra primera bici. ¡Aish, qué recuerdos!...

Luego, te haces mayor y pierdes un poco la ilusión por estas fechas. Te resultan pesados los compromisos familiares. Tener que pasar horas con gente que quizás no te apetece aguantar, cebándonos a comer (que luego no hay Dios que adelgace) y con montones de regalos por comprar. A mí me encanta regalar, pero me molesta que tengamos que regalar porque así lo estipula la sociedad consumista en la que vivimos.

Y más adelante, tienes hijos, y entonces la Navidad recobra su magia. Ves la Navidad con sus ojos y con su ilusión. A Martín le encantan las luces que decoran las calles de nuestro pueblo. De hecho, se dio cuenta el primero de que ya las estaban poniendo. Y lo anunció con una ilusión contagiable.
Así que hoy habíamos decidido ir los cuatro a Plaza Catalunya, a ver las luces de Navidad. Matías tranquilito y la mar de cómodo en la mochilita, todo el día pegadito a mí. Martín alegre asustando a las palomas.
Hacía tiempo que no íbamos por Navidad a esa zona. La verdad es que a mí las aglomeraciones de gente me ponen muy nerviosa. No me gustan nada.
No había tanta gente como esperaba. Pero tampoco las luces han sido lo que esperaba. Me han parecido bastante sencillas y sosas, en comparación a los mosaicos de luces de colores que recuerdo de mi infancia. Para muestra la foto que podéis ver al inicio de este rollo que me ha dado por soltar.
Luego hemos visto a un "Papá Noel" dando caramelos y hemos ido con Martín, diciéndole con mucha ilusión: "¡Mira! ¡Papá Noel!". Él no ha querido mirar de cerca. Le da miedo, como le ha dado siempre tanto Papá Noel, como los Reyes, como cualquier personaje. Su padre ha ido con él en brazos a pedirle caramelos a Papá Noel. Martín ni le ha querido mirar, ni hablar, ni nada de nada.
Luego, cuando volvíamos para casa le ha dicho a su papá:
- Papi, ¿me das los caramelos que te ha dado ese señor disfrazado de Papá Noel?
Está claro, que Martín se fija en todo, y no es fácil contarle un cuento chino. Ya el año pasado nos dijo algo parecido en una situación similar.
Con los Reyes Magos fue diferente. La cabalgata le impresionó y le gustó. Veremos este año qué tal.

Es precioso volver a sentir la magia de la Navidad. Y todo gracias a nuestros hijos.

1 comentario:

Mandragora30 dijo...

Bonito relato María.
A mí la Navidad no me gusta nada, sólo me gusta el día 27 (cumple de María), la noche vieja (porque con eso del champán y las risas de ver a los demás con la boca llena de uvas... y la mañana de Reyes, porque ver a mis pitufillas tan ilusionadas después de lo mal que lo hemos pasado años atrás, me llena de alegría y me hace sentirme orgullosa de mí misma... si están tan felices es porque tan mal no lo debo estar haciendo ;)
Un besote!!!